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LA REPORTERA: ARMANDO Y HELENA – FINCA MONTEFRÍO

LA REPORTERA: ARMANDO Y HELENA – FINCA MONTEFRÍO

Coincidiréis conmigo en que hay gente que llena el alma. Totalmente. Pero, cuando te encuentras, por casualidad como todo lo bueno, con personas que son alma, algo muy potente estalla dentro de ti. En mi caso, el cigüeñal echaba humo, las válvulas se convirtieron en juntas catódicas y las ruedas se quedaron fijas y mudas de la impresión. De la emoción. Cuando hablé por teléfono con los protagonistas de esta entrevista, ya me olía algo. Me hablaban con calma, sin prisas, sin postureo, como esas personas que van por la vida con la camisa abierta, con la verdad como patria, con la tranquilidad como destino. Y eso me encantó. Tanto que, mientras recortaba curvas en dirección a su casa mi motor bombeaba con la alegría que dan las ganas. Los chaparros, los alcornoques, me flanqueban el paso y me iban contando bajito que ya estaba, que ya casi llegaba. Atravesaba el corazón del Parque Natural de la Sierra de Aracena y Picos de Aroche y todo me olía a vida.

Es una de las cosas grandes de este trabajo, que siempre ando de acá para allá, que siempre conozco a personas con historias que contar. Y, cuando las historias no son solo pasadas, sino futuras, mis bujías cogen vueltas y mi corazón de lata echa humo. Después de cruzar un camino angosto, llegué. Allí estaba. Respiraba. Acababa de aterrizar en la Finca Montefrío, en El Repilado. Un gato romano se acercó ronroneando buscando olfatear quién era aquella intrusa con llantas de colección y un grupo de ocas pasaron de largo, como con prisa, murmurando bajito. El cortijo, blanco de cal, se alza inmenso, cubierto por la vegetación que nos dice que acabamos de llegar al paraíso. A lo lejos, desde el tractor, Armando me saluda, creo entenderle que ya viene. Armando es, junto a su mujer Lola, dueño de este trozo de sierra de traca. Unos minutos más tarde aparece quitándose los guantes y me da una mano que sabe de madrugones y de la cara más dura del campo. Lola viene también a saludar mientras organiza a unos visitantes japoneses y belgas que han decidido aprender cómo se siente el campo de verdad.La Finca parece a veces una suerte de Torre de Babel en la que visitantes llegados de todos lugares del mundo están dispuestos a volver a sus raíces. Tras compartir un par de frases en inglés y una enorme sonrisa con una niña japonesa de enormes ojos negros, una de las hijas de la pareja, Helena, se sienta a la mesa con nosotros. Una mesa cubierta por un emparrado que da sombra y acoge a la brisa haciendo que el tiempo se pare. Frente a frente, Armando y Helena, padre e hija, son la unión perfecta de la tradición y la modernidad, de la historia y el futuro, la muestra clara de que la dehesa está más viva que nunca, de que hay relevo generacional. Y esperanza. Helena, tras sus estudios universitarios, volvió a su origen, al campo, el lugar donde se siente libre. Y a Armando y a Lola, hay que decirlo, se les puso una sonrisa mayúscula de lado a lado de la cara. Hoy, cuando todo el mundo corre, cuando ser urbanita parece garantía de no se sabe bien qué, cuando los Likes ganan a los momentos y las prisas a las risas, Helena decidió regresar al campo y enseñarlo al mundo de otra forma. Con las herramientas del hoy, con la verdad del ayer. La Finca Montefrío es un ejemplo de que hay otra forma de hacer las cosas. Su corazón es el cerdo ibérico ecológico, con una producción corta pero una calidad cuidada hasta niveles inimaginables.

En nuestra charla, Helena nos cuenta risueña cómo decidió volver y Armando habla de lo feliz que es viendo amanecer en este rincón de cielo, rodeado por sus ovejas que pacen libres por la dehesa, sus cabras, sus gallinas y, por supuesto, en lugar noble, sus guarros. Hablan de épocas pasadas, oscuras, duras durísimas en las que el padre de Armando y abuelo de Helena, pasó verdaderas penurias cuando las peste porcina obligó a hacer un vaciado sanitario que los privó de su modo de vida y los situó en una encrucijada. Hoy, aquello se ve como una pesadilla y el futuro habla de vida. La Finca se ha reconvertido en una especie de centro de retiro-alojamiento-lugar de experiencias para los numerosos visitantes que pasan por allí cada año. Descansar en sus fabulosas casas rurales, aprender a hacer queso con la leche recién ordeñada, catar el primero lomo ibérico de la temporada, hacer jabón casero, recolectar hortalizas del huerto y ayudar a cocinar con ellas o asombrarse con un cielo cuajado de estrellas hasta donde se pierde la vista, son algunas de las cosas que se pueden hacer aquí. La desconexión corre a cuenta de la casa.

Por eso tanta gente viene. Por eso casi todos, vuelven. La familia de Armando y Lola son soñadores, creen en la importancia de creer en los que se hace, están abonados a la calidad más que a la cantidad, y disfrutan de la vida, de las pequeñas cosas. De una conversación, de un pan recién hecho…pasando de unas prisas que nadie sabe bien quién creó, pero que muchos coincidimos en que no fue una buena idea. El tiempo pasa volando, y Armando y Helena me llevan a ver a sus reyes, a los cerdos ibéricos que campean, a pesar de estar fuera de tiempo de bellotas, por la que es su casa, su dehesa. Los conocen a todos por sus nombres, saben su historia, los llaman sabiendo que siempre responden y les hablan con el cariño de quien conversa con un compañero de viaje ibérico. Las encinas centenarias dan sombra ahora que el sol pica y Armando me cuenta mil anécdotas y mil momentos de esos que solo ves si te paras y miras. Tras esto, llega…el momento. Pasamos a la “Cámara de las maravillas”. Porque, bajo el cortijo, se esconde el tesoro. Alli, dentro de su propia finca, Armando y su familia curan, con el olor de la misma dehesa que los vio crecer, su pequeña y selecta producción de ibérico ecológico. Es una vista de lujo. Perniles bien tallados, pata de bailarina, dispuestos en una coreografía para los sentidos. Pasen y vean. Prometo que me voy de ahí contra mi voluntad, porque respirar allí es volar. Armando y Helena me sonríen, pero es cierto: esa sensación deberían de recetarla los médicos. Aunque la diversión no ha hecho más que comenzar. Esa mañana, Armando estuvo segando alfalfa para los cerdos más jóvenes y hay que llevársela. En un remolque! Mira si soy una Reportera aventurera y juro que nunca nunca, jamás, había tenido esa experiencia en una entrevista. Yo estaba más acostumbrada a una silla, a un sofá…pero en un remolque? Pues sí, y fue la más divertida de mi vida. No iba sola.

Dos niños belgas que se alojaban con sus padres en las casas rurales de la Finca y una madre y una hija japonesas fueron mis compañeras de viaje sobre la alfalfa, dehesa través, hasta el cercado donde un jovenzuelos de pura raza ibérica nos esperaban felices e impacientes. ¡Si viérais las caras de los niños y niñas al alimentar a los gorrinos! Estaba felices, sorprendidos por estar haciendo algo que creyeron que solo pasaba en la tele y hace mucho tiempo. Pero fue toda una experiencia. Los chicuelos y chicuelas, los cerdos, y la imagen de Armando, Lola y Helena como muestra de un equipo indestructible, dispuesto a batallar por la dehesa, a sacar lo mejor de ella y compartirlo con el mundo. Tanto que, os contaré un secreto, yo no quería irme. Si no hubiera sido porque tenía entrevista en la agenda, me hubiera quedado un día, o dos. O una semana. Porque allí el tiempo va a otro ritmo. La paz es de otro nivel. Así que cuando me despedí de la familia, cuando la pequeña japonesa me dio a probar un Kit Kat nipón (de color verde! Y estaba rico, eh?) y veía a los niños belgas exultantes, me prometí volver. A este rincón de la Sierra de Aracena donde las cosas se hacen con tanto cariño. Donde la dehesa se ha protegido en fondo y en forma. Donde se trabaja para mostrar que hay otra manera de hacer las cosas. Que el cerdo ibérico ecológico es una realidad, para todos los sentidos (Doy fe, está es-pec-ta-cu-lar). Por eso, os invito a ir a Montefrío. A parar el móvil y quitaros el reloj. A tomar aire, pare empezar a vivir. Palabra de reportera.

Y ahora marcho. Saludos a todos y me vuelvo lento, con esa velocidad del que no quiere irse. Pero el deber me llama. Otra historia. Otro encuentro pata negra. Otras personas que engrandecen el ibérico y escriben, cada día, de mil formas distintas, páginas de oro en este producto de clase mundial.

Mil gracias Helena, Lola y Armando! Por todo!

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